BIOGRAFIAS
Sinaí Santiago Díaz
Fue hace 31 años, en 1980, cuando Sinaí Santiago Díaz, nacido el 26 de octubre de 1950, se convirtió en una prueba viviente de las grandes cosas que el Señor puede realizar en la vida de todo aquel que cree en su Palabra. Entregado a los caminos mundanos, con un cuerpo deslucido y famélico, atravesó la finísima línea que separa la existencia de la muerte y regresó airoso de las tinieblas por voluntad del Altísimo que lo bendijo con el milagro de la vida. El prodigio ocurrió en su natal Puerto Rico y determinó la transformación de un pecador en un varón del Señor.
Sinaí bordeaba los treinta años, once de ellos sufriendo un trastorno del esófago poco común llamado acalasia, que le impedía alimentarse con normalidad, y había sido condenado a muerte por el conocimiento terrenal. Tras ser declarado cadáver, y transferido a la morgue del hospital en el que se encontraba, el Eterno Dios cambió su destino y le encargó la misión de convertirse en señal humana de su grandeza. El día de su histórica vuelta a la vida, luego de haber conocido desde muy niño acerca de Jesús pero nunca aceptarlo como su Señor, su clamor, y el de toda su familia, fue atendido desde los cielos y determinó la llegada de un nuevo hijo al Evangelio.
Pero, ¿cómo, cuándo y dónde empezó la milagrosa historia de Sinaí Santiago? Dedicando gran parte de sus días mundanos a la hojalatería y la pintura de autos, este hombre de profundas convicciones cristianas, tuvo su primer acercamiento con la Iglesia a la edad de 15 años. En Bayamón, un municipio costero de Puerto Rico, congregó por algún tiempo en el templo Defensores de la Fe. Fueron apenas unos meses que sembrarían el temor y amor por Dios.
Tiempo después, y luego de unir su vida con Norma Santiago López, el 15 de febrero de 1969, al hermano Sinaí se le diagnosticó cáncer al esófago y se le pronosticó una muerte segura a corto plazo. Sin embargo, cuando todo apuntaba a un rápido deceso, el Señor irrumpió en su presente y lo restableció ante la sorpresa de los médicos y especialistas del Centro Médico de Río Piedras, en San Juan (Puerto Rico), y la felicidad de Rosa María Díaz, su madre, quien había entregado su existencia al cristianismo unos meses antes. Fue el primer llamado de Cristo no atendido por Santiago y es que tras recuperar la salud reinició su vida secular.
Posteriormente, en 1975, volvió a sucumbir ante los males físicos. Acariciado una y otra vez por la gracia del Señor, pero dedicado de forma exclusiva a luchar diariamente para subsistir junto a su mujer y sus hijos, Leslie Marie y Adalberto, fue internado en el Hospital Regional de Bayamón de nuevo por problemas en su esófago. Sus constantes negativas a las exhortaciones del Todopoderoso, que le llegaron a través del Pastor Samuel Rodríguez, de sus familiares más cercanos y de otras personas, lo dejaron al borde de la muerte. Sin embargo, como en la anterior oportunidad, salió bien librado de los inconvenientes de salud por obra del Padre.
Después, en 1980, cuando creía que tenía controlada la enfermedad que lo aquejaba, Sinaí debió pasar por una prueba enorme y durísima impuesta por Dios. Un buen día, su primo Víctor Santiago, cansado de su egocentrismo y su desprecio por el Altísimo, le aseguró que oraría para que Jesucristo lo volviera a poner a prueba. El anuncio se cumplió y de forma muy dramática. Al pasar unos chequeos de rutina fue víctima de mala praxis por parte de un galeno inexperto, quien lo deportó con sus malas artes al abismo de la defunción.
Los médicos decretaron que había llegado su hora final, pero él, al verse conducido a la morgue, en un rapto extremo de conversión gritó con todas sus fuerzas: “Jehová es mi pastor; nada me faltará… Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento”. Santiago afirmó en su paso por Perú, en la XIX Convención Nacional del Movimiento Misionero Mundial, en enero de 2008, que entonces retornó a la vida ante la conmoción generalizada. De inmediato, una gratitud casi natural lo llevó a entregarse a Dios, mientras su mujer hacia lo mismo debajo de un árbol a las afueras del nosocomio. En seguida, contó su verdad a la hermana Isabelita Falú y selló su unión al pueblo de Cristo.
En 1981, ya junto a Dios, levantó una Iglesia en el Barrio Galateo, del municipio de Toa Alta, uno de los más antiguos de Puerto Rico, y al poco tiempo se integró al Movimiento Misionero Mundial y llegó a convertirse en Pastor. Estudioso de la Biblia, inteligente y amable como ningún otro siervo del Señor, el Rev. Santiago atendió, de forma paralela, los campos de los barrios Limón y Palmarito del Municipio Corozal, en la región central portorriqueña, y durante una década engrandeció con su esfuerzo, dedicación y pasión la Obra del MMM y se proclamó como un defensor firme del cristianismo. Una labor que aún hoy, después de muchos años se valora y destaca como única.
Su trabajo al servicio del Creador prosiguió a partir de los noventa en la zona costera de Manatí, conocida por ser el centro de la piña de Puerto Rico, donde bajo su liderazgo la Obra ganó rápidamente espacio y amplió su red de iglesias en beneficio de la salvación de un sinfín de almas que al conocer su testimonio no tardaron en convertirse. Después, en 1997, los Oficiales del Movimiento lo designaron Supervisor Nacional de su país en virtud a su prolija y fructífera labor. En tanto que en 2003 y 2004 fue nombrado Supervisor Misionero en República Dominicana y Haití y en 2005 fue nombrado Supervisor Nacional de República Dominicana.
Sinaí Santiago Díaz fue en resumen un hombre de Dios que luchó a favor de la consolidación de la Obra y de la gloria del Todopoderoso por intermedio de un testimonio de vida milagroso y sólido que supo llegar a Colombia, Perú, Venezuela, Ecuador, Haití, República Dominicana y a diferentes partes de los Estados Unidos y se extendió por toda la red de hospitales de Puerto Rico y al resto del mundo. Una prueba palpable del poderío del Señor, que se marchó al cielo el 16 de septiembre de 2008, pero que dejó detrás de sí una estela de compromiso digna de imitar e igualar.
El mejor regalo de Dios
Me quedaría corta en palabras para describir todo lo que representó para mí el hermano Sinaí Santiago. Como amigo, esposo y Pastor fue lo mejor que tuve en mi vida. Fue, sin duda, el mejor regalo que Dios me hizo a lo largo de mi existencia. En lo individual, se destacó como una persona de gran inteligencia y trabajador indesmayable. Asimismo, agregaría que él, desde su conversión al evangelio, se entregó en cuerpo y alma al Movimiento Misionero Mundial y puedo dar testimonio de lo mucho que amó la Obra de Dios.
Sus principales logros para la gloria del Señor estuvieron ligados a los pueblos de Puerto Rico, Haití y República Dominicana. En estos tres países, donde gracias a su empuje y dedicación se edificaron un sinnúmero de iglesias y templos, su profundo amor por el Creador y su defensa inquebrantable de las Sagradas Escrituras lo llevaron a ser fuente de inspiración para miles de inconversos que al conocer su testimonio no tardaron en aceptar a Dios como su Salvador.
Fuente: impactoevangelistico.net
Charles Finney 1792-1875
El ministerio de Finney fue el apogeo del Segundo Gran Despertamiento (alrededor de 1792-1835). Vivió en la época de rápida expansión al Oeste, en que hubo un crecimiento de población sin precedentes.
Cerca de la aldea de New York Mills, había una fábrica de tejidos en el siglo 19. Cierta mañana dos operarios conversaban sobre el culto de la noche pasada. Un joven alto y atlético entró en la fábrica. Al verlo los operarios tenían gran dificultad para trabajar. Al pasar el predicador cerca de unas muchachas que trabajaban en la fábrica, una de ellas cayó al suelo llorando con una fuerte convicción. En unos minutos el avivamiento estaba en toda la fábrica.
Este es uno de los episodios de la vida de Charles Finney. Quien impulsó grandes avivamientos por toda la Unión Americana.
Finney nació en una familia que no conocía la fe. Era abogado. Entre los libros que tenía se encontraba una Biblia que compró debido a que hallaba muchas citas de ésta en los libros de jurisprudencia. De ahí nació su interés en el culto de los creyentes.
En su autobiografía dice que empezó a asistir a los cultos y quedó sorprendido porque semana tras semana los creyentes oraban por lo mismo y testificaban que sus oraciones no habían sido escuchadas. Encontró en la Biblia la necesidad de pedir con fe y esto le hizo confirmar que la Biblia era verdadera y que los creyentes no recibían lo que pedían porque no tenían fe.
Cuenta Finney en su autobiografía que un domingo de 1821 resolvió arreglar su situación con Dios. Había decidido encontrar la salvación de su alma. Quiso orar en su oficina pero no pudo a pesar de haber tapado el agujero de la cerradura. En esos últimos días se avergonzaba de que alguien lo encontrara leyendo la Biblia a pesar de que antes no era así.
Pasaron el lunes y martes sin que pudiera orar y su corazón lo quemaba con una necesidad tan grande y apremiante que empezó a sentirse desesperado.
El miércoles mientras iba a su oficina le fue revelado que Cristo había hecho todo el sacrificio por él y dijo en su interior: “Lo aceptaré hoy o me esforzaré hasta morir”. Se dirigió al bosque para orar y prometió: “Entregaré a Dios hoy mi corazón o no saldré de aquí“.
Sin embargo no pudo orar. Estaba tan desesperado que sintió que su corazón estaba muerto y Dios lo había abandonado. Sentía el peso de sus pecados tan infinito que empezó a desfallecer. Cuando intentaba orar se detenía pensando que alguien pudiera estar cerca y oírlo.
De repente le fue revelado que era su orgullo lo que lo detenía y gritó: “¡Vaya! Un vil pecador como yo se avergüenza de que otro pecador como yo me encuentre de rodillas reconciliándome con mi Dios”. Fue cuando empezó a orar sin saber cuánto tiempo y le prometió a Dios que si se convertía iba a predicar el Evangelio.
Al regresar sentía una paz tan grande que perdió el apetito. En su oficina tocó un himno en el contrabajo como de costumbre y dice “mi corazón parecía derretirse, y solo podía llorar…” Después de esto le pareció ver al Señor Jesucristo y no pudo dejar de llorar en voz alta. Finalmente fue bautizado con el Espíritu Santo. Finney comentó que sintió como ondas eléctricas, como si fuera amor líquido. Dijo: “¡Moriré si estas ondas continúan pasando sobre mí! ¡Señor no soporto más!”.
En la noche el director del coro de la Iglesia lo encontró en ese estado de llanto y gritos, y fue a llamar a un anciano de la Iglesia y un joven. El joven al ver lo que sucedía cayó de rodillas angustiado y clamando: “¡Oren por mí!”.
Al día siguiente la gente no dejaba de comentar la conversión del abogado y se congregó en la Iglesia para escuchar lo que había sucedido, a pesar de que no era día de culto.
Poco tiempo después fue a visitar a sus padres. Su padre lo recibió en la puerta y le dijo: “¿Cómo estás Carlos?”, y Finney le respondió: “Bien, padre mío, tanto de cuerpo como de alma. Pero, papá, tú ya estás entrado en años; todos tus hijos ya son adultos y están casados; sin embargo, nunca oí a nadie orar en tu casa”, su padre bajó la cabeza y comenzó a llorar diciendo: “Es verdad, Carlos; entra y ora tú mismo”.
Desde ese tiempo empezó un gran avivamiento que se extendió por los Estados Unidos de Norteamérica. Finney decía que el secreto de los avivamientos se encontraba en la oración.
De 1851 a 1866 fue director de Oberlin College. Escribió libros entre los cuales los más conocidos son: "Autobiografía", "Discursos a los creyentes" y "Teología sistemática".
El domingo 16 de agosto de 1875 predicó su último sermón. No asistió al culto de la noche, sin embargo al escuchar cantar a los creyentes "Jesús, amante de mi alma, déjame volar a tu regazo", salió de su casa y cantó con ellos. A media noche se despertó sintiendo dolores punzantes en el pecho. Al amanecer, se durmió en la tierra, para despertar en la gloria de los cielos, trece días antes de cumplir los 83 años.
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